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CRÓNICA 2

Palenque, año 0. Una civilización maya desaparece y otra llena de odio, temor y complejos okupa la selva, los llanos, los ojos de agua, las cascadas; ha llegado el castellano, con arcabuz; el tribunal de la más que Santa Inquisición y sus perros que se cabalgan. Lo que no saben estos malos aprendices de Atila es que entre la floresta y la casa del jaguar duermen el sueño de los siglos restos de una cultura capaz de competir en edificaciones con las más bellas catedrales europeas, no solo de ese momento sino también de siglos venideros.

Trescientos años tardaron en encontrarlas los herederos de aquel sangriento genocidio universal: la conquista; y otros cien en querer apropiarse de ellas en una mezcla de explotación mercantil y ocultamiento de estado, como los ladrones de tumbas -que buscan no dejar huellas- los ideólogos de esta forma cruel de negar la historia, transforman el conocimiento en folclore, las cenizas en supercherías, el arte en valor de mercado.

Hoy, en el lugar donde se estudiaban las estrellas, los falseadores de la historia venden visitas guiadas a la mentira, negando incluso a los descendientes de los pueblos que primero caminaron estas tierras la oportunidad de seguir sus tradiciones. Ya no pueden tocar la caracola para saludar a sus dioses, ni quemar su copal para honrar a sus muertos, mientras los guardias del parque usan sus móviles a modo de reproductores de las canciones del momento y en la puerta trafican con los símbolos encontrados entre las piedras (que todavía hoy no se explican como han llegado ahí). Los indios del país solo pueden quedarse a la puerta vendiendo su alma al turista, pues difícilmente pueden pagar los 100 pesos que cuestan la entrada y el transporte.

Por las escalinatas de los templos y palacios, mexicanos de diferentes estratos sociales y turistas de todo el mundo bajan corriendo en un maratón sin sentido donde la mejor foto es la que se hace fingiendo entender lo que pisan, corren para pisar cada piedra del recinto como si eso pudiese aligerarlos del peso de la culpa, de seguir visitando las ruinas de una cultura que ellos niegan cada día, dejando que los pueblos indios pierdan su lengua y su forma de caminar; corren como occidentales lo que no han sabido defender como mexicanos.

Mientras tanto, los saraguatos reinan en lo alto de los árboles y el indio... el indio sigue abrazando la tierra que lo alimenta, esperando que vuelva el jaguar y se lleve a estos guajalotes de la modernidad.

Iván Prado

31 de diciembre de 2009


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